Mentiras tributarias y las elecciones generales del 28A

elecciones 28AImagínese que se encuentra en un atasco –si vive en Madrid no le costará mucho ya que puede que incluso se encuentre en uno mientras lee estas líneas–, en una carretera de tres carriles, con conductores cambiándose de un carril a otro buscando llegar lo antes posible a sus destinos. Se ha preguntado alguna vez ¿cómo y por qué elegimos el carril al que nos cambiamos?  Por experiencia, no siempre elegimos el carril óptimo, y solemos tomar nuestra decisión normalmente sin basarnos en un motivo racional, bien por intuición o bien porque el carril al que nos cambiamos “parece” que circula más rápido. Otras veces nuestra decisión es un poco más racional, ya que sabemos que hay una salida cerca y ese carril siempre va más despacio…pero hagamos lo que hagamos siempre solemos terminar con la misma sensación, hemos elegido el carril lento y no dejan de adelantarnos el resto de coches.

 

 

En su blog, el premio Nobel de economía Paul Kraugman, ofrece una sencilla explicación a este sentimiento, cuya moraleja final es que estés en el carril que estés, siempre vas a pasar más tiempo viendo cómo te adelantan que adelantando, por lo que inevitablemente tendremos la errónea sensación de estar siempre en el carril más lento. Si a esto le añadimos lo expuesto por Dietrich Braess en su estudio conocido como paradoja de Braess, la cual demuestra matemáticamente que en algunas ocasiones, al aumentar el número de carriles de una vía, cuando los usuarios de la misma escogen la ruta de forma egoísta –llegar lo antes posible sin importar el resto–, puede en algunos casos aumentar el atasco reduciendo el objetivo individual y colectivo, llegar lo antes posible a nuestros destinos, haciendo que la inversión en carriles adicionales sea completamente ineficiente.

 

 

Seres no racionales, las hormigas, parecen haber resuelto este problema en sus desplazamientos dentro de la colonia no teniendo que soportar nunca atascos a pesar de tener tráficos densos y permanentes. Al parecer son capaces de aprovechar de forma eficiente el tiempo de los desplazamientos puesto que nunca se adelantan y logran mantener una velocidad constante, que, por otro lado, parece ser la óptima dentro de cada una de sus carreteras. Sobre la velocidad óptima de las vías, diversos estudios afirman que cada tipo de vía tiene la suya, siendo capaces de absorber más tráfico si se circula dentro de ese rango óptimo de velocidad, así, por ejemplo, la M-30 parece ser más eficiente a 90 km/h que a 100 o 120 km/h.

 

 

A esta altura estará pensando que todo esto es muy interesante, pero ¿qué demonios tendrá que ver con los impuestos y las elecciones de este próximo 28 de abril? Esto mismo me preguntaba el pasado viernes mientras volvía a casa inmerso en mi rutinario atasco, cuando me planteé si lo que les estoy exponiendo podría ser aplicable a nuestro sistema tributario. Desde luego, entiendo que idealmente cumplimos las premisas básicas del supuesto, los contribuyentes somos egoístas –si podemos no pagar impuestos no los pagamos, de hecho este es nuestro objetivo– y por otro lado, tenemos la sensación de que pagamos más impuestos que nadie, ya que, y asimilándolo al ejemplo de Krugman, pasamos más tiempo pagando nuestros impuestos que viendo como el resto los pagan, lo que inexorablemente nos lleva a la nuevamente errónea sensación de que pagamos más que nadie. La velocidad de circulación (¿presión fiscal?) y la construcción de nuevos carriles adicionales (¿nuevos impuestos?) vienen determinadas por el legislador, sustituyendo al Ministerio de Fomento por el Ministerio de Economía y Hacienda. En cuanto al cambio de carriles, nuestro símil pudiera ser la residencia fiscal –no solo internacional, sino también nacional–, si pago mucho me voy a otro sitio donde pague menos (con los costes que conlleva el movimiento, ya no solo personales sino colectivos –recordemos que, siguiendo el ejemplo de las hormigas, los cambios de carril ralentizan la vía y por mucho que creemos nuevos carriles/impuestos, la congestión puede seguir siendo igual o incluso superior–).

 

 

En definitiva, parece que, de cumplirse el símil del hormiguero y el atasco, con el simple hecho de mantener unas reglas del juego duraderas en el tiempo crearíamos un sistema tributario más eficiente. Esta conclusión lógica, a la cual se puede llegar sin hormigas ni atascos, parece no haber calado ni haber sido entendida por nuestros dirigentes, ya que las reformas fiscales no han parado de sucederse, dictando nuevas reglas con aplicación retroactiva, normas aplicables temporalmente e innumerables idas y venidas. Las empresas necesitan gestionar sus proyectos con leyes estables y los particulares necesitan tiempo para asentar y conocer las normas. Por tanto, en beneficio de todos, sería bueno que los partidos llevasen en sus campañas cuantas menos reformas tributarias mejor, porque no necesitamos grandes titulares, ni letras pequeñas, sólo aspiramos a tener estabilidad y seguridad jurídica.

 

 

Espero que esta fábula/paralelismo pueda ayudar a entender a nuestros dirigentes lo que las hormigas tienen interiorizado, la vital importancia de estabilidad y seguridad jurídica dentro de nuestro sistema tributario. Algo que, a día de hoy, se antoja imposible viendo los distintos programas políticos. Eso sí, la realidad es que España es el cuarto país de la eurozona que menos recauda en porcentaje a su PIB. En 2017 (último dato disponible comparable), los ingresos públicos se quedaron en el 37,9%, nada menos que 8,2 puntos de diferencia con la eurozona. Esta brecha significa que España recauda 95.000 millones menos de lo que le correspondería al país en una situación comparable a la del resto de Europa. Con lo cual, si le dicen que van a bajar los impuestos, sencillamente mienten.

 

 

 

Autor: Francisco Aguirre, socio del departamento de Tax de RSM Spain.