Un día cualquiera en la era de la tecnología

LA ERA DE LA TECNOLOGÍASon las seis de la mañana y estoy camino de la estación de Atocha en un Cabify que previamente había reservado desde la App de mi iphone. Madrid está vacía a estas horas y mientras viajo por sus todavía oscuras calles escucho podcasts de mis programas de radio y televisión favoritos.

 

Ya en la estación, muestro el código de la tarjeta de embarque que aparece en mi móvil y que es procesado automáticamente por el lector que utiliza el empleado de Renfe. Al mismo tiempo, observo que Cabify ya me ha remitido electrónicamente los datos del servicio y la factura correspondiente.

 

Estoy sentado en mi plaza del vagón silencio revisando mi email en el iphone. Por medio de un link accedo a la App del ERP Cloud que soporta las operaciones de mi compañía y apruebo una solicitud de vacaciones de una persona de mi equipo y varias facturas de proveedores. De paso, aprovecho para consultar estadísticas de ventas y costes que me ofrecen las utilidades analíticas de la aplicación.

 

El ERP que se utiliza en mi empresa funciona como Software as a Service. Pagamos una cuota anual por el servicio y nos desentendemos de lo demás: nada de Hardware, desarrollos, mantenimientos, informáticos…La aplicación y los datos residen en Irlanda, que es donde ahora mismo estoy conectado y si hubiera algún problema grave, inmediatamente entraría en funcionamiento la réplica en espejo que existe en Ámsterdam. La aplicación se actualiza automáticamente dos veces al año con mejoras y nuevas funcionalidades.

 

Tengo dos horas y media por delante hasta Barcelona y mucho trabajo pendiente así que enciendo mi ordenador. Vaya, en el AVE no hay wifi. No pasa nada, conecto mi ordenador al teléfono y entro con mi usuario en el ERP, esta vez, desde el ordenador. Actualizo datos de facturación y ventas.

 

Camino por las calles de Barcelona. Son las nueve y media. Veo a padres que acompañan a sus hijos al colegio, obreros tomando un bocadillo, jóvenes en patinete; gentes que se saludan, charlan unos segundos y siguen. De los establecimientos sale olor a café y a pan recién horneado. La temperatura es agradable.

 

Cierro los ojos e imagino la Avenida Diagonal atravesada por coches autodirigidos. Imagino algoritmos que realizan las declaraciones de Hacienda, deciden las mejores combinaciones de inversiones financieras, escriben novelas, dan cursos de filosofía, diagnostican enfermedades y prescriben recetas.

 

El olor de una pastelería me devuelve a una realidad más humana.

 

Paso la mañana en reuniones con clientes, algunas presenciales; otras, con compañeros de Estados Unidos y Colombia, por Skype.

 

En un hueco entre reuniones hago un FaceTime con mi hija, que está estudiando en Holanda. Poder verla y hablar con ella me alegra la mañana.

 

Llega la hora de mi tren de vuelta. Estoy cansado del madrugón y las reuniones, así que acabo de contestar unos emails y preparar unos documentos y dedico un rato a relajarme leyendo una novela en mi eBook.

 

Una vez en Madrid, tomo un taxi hasta casa. Google Maps le va indicando el camino al conductor considerando los trayectos más rápidos y con menos tráfico.

 

Llego a casa a las diez de la noche. Mi hijo está jugando a la Play con unos amigos. Cada uno está en su casa conectado a la misma partida. Se comunican por auriculares inalámbricos.

Mi mujer y yo decidimos ver un capítulo de nuestra serie favorita de Netflix, que tenemos conectado al televisor.

 

Me doy cuenta de que me he quedado dormido en el sofá cuando me encuentro trastabillando camino de la habitación cogido del hombro de mi mujer.

 

Mañana será otro día.

 

 

Autor: Pedro Blanco, socio de RSM Spain Consultores